Vino: roja pasión

El vino y toda su cultura deberían ser un patrimonio compartido. Más aún si tenemos en cuenta lo arraigado de nuestras viñas. Es cierto que hay países, tal es el caso de Francia, que nos llevan ventaja en la elaboración de vino, pero afortunadamente el mundo se globaliza y las distancias se acortan. También avanzan las investigaciones, las técnicas y con ellas nuestros vinos van ganando puntos. El tesón y el trabajo continúo son otros dos factores que influyen y que solemos olvidar  dado que la atención la acapara, como es lógico, las excelencias del resultado.

Para disfrutar del vino, lo primero es reconocerlo por eso y porque es un producto indispensable en toda mesa que se precie, dedicamos varias jornadas del curso de Expertos en Periodismo Gastronómico y Nutricional de la UCM a este preciado líquido. Reconocer el placer de sostener una copa entre las manos, apreciar su tonalidad, identificar sus aromas, ser capaces de comprender la magnitud del trabajo que hay tras cada botella. Ese va a ser este año nuestro trabajo porque para entender de vinos, lo mejor es practicar, sumergirse en ellos y probar y probar.

Este sentimiento es el que persiguen muchos de nuestros bodegueros. Algunos mejoran sus vinos año tras año, o los mantienen, cuestión también harto complicada.

Un buen ejemplo de todo esto es la última mención del gurú Robert Parker para quien una de nuestras más emblemáticas bodegas (fruto del arquitecto Iñaqui Aspiazu) tiene la suerte de producir un magnífico vino. Me refiero a la bodega Baigorri y su Reserva 2005 que ha alcanzado los 94 puntos en la evaluación del norteamericano. No tenemos más que quitarnos el sombrero y felicitar tanto al equipo de Bodegas Baigorri como a su enólogo, Simón Arina Robles.

Elaborado con uvas Tempranillo de viñas viejas y con una producción reducida, este vino debe sus magníficas cualidades y su excepcional puntuación a la gravedad, protagonista de la bodega y tan presente en sus resultados.

Hay pocos productos tan nobles y agradecidos como el vino, por eso, para este curso, cuando se descorcha una botella el tiempo se detiene. Los aromas se mezclan con los recuerdos y nos invade, por unos instantes, la felicidad. ¿Hay acaso un fin más digno?

 

Nuria Blanco

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